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Hay lugares que no se abandonan del todo. Permanecen suspendidos en la memoria, como una imagen que insiste en volver cuando cae la noche.
“Estrellas Fugaces” nace desde ahí: desde el gesto íntimo de mirar hacia atrás.
Su director, David Aarón Herrera Andrade, convierte la experiencia de haber dejado Chihuahua a los 18 años en una pieza que no busca reconstruir el pasado, sino entenderlo. La presa que inspira el cortometraje —donde el cielo se abre y las estrellas parecen multiplicarse— no es solo un escenario: es una forma de nombrar lo que fue.
Porque hay vínculos que, como las estrellas fugaces, existen apenas un instante, pero permanecen.
Un último día antes del mundo
La historia es, en apariencia, sencilla. Raúl está por irse. Acaba de terminar la preparatoria y su vida, tal como la conoce, está a punto de cambiar. David, su mejor amigo, decide llevarlo a la presa. No hay grandes planes. Solo un último día.
Pero en ese día cabe todo.
“Estrellas Fugaces” se mueve en ese territorio delicado donde la juventud se vuelve consciente de su propia finitud. Donde la amistad deja de ser permanente y empieza a entenderse como algo que también puede transformarse o diluirse.
No hay dramatismo forzado. Lo que hay es tiempo compartido: conversaciones, silencios, una complicidad que sabe —aunque no lo diga— que está a punto de cruzar un umbral.
Filmar el recuerdo, sostener el instante
El proceso de realización fue tan emocional como técnico. Meses de planeación, ensayos y pruebas contrastaron con un rodaje que, en su primer día, se desbordó.
Nada salió exactamente como estaba previsto.
Y, sin embargo, eso no debilitó la película: la sostuvo.
Los días posteriores en la Presa del Ocote encontraron otro ritmo. Más calma. Más apertura. Un equipo que, lejos de la presión inicial, comenzó a disfrutar el acto mismo de filmar.
Esa energía se filtra en la pantalla. Hay algo en la imagen —en la luz, en el movimiento, en la respiración de los espacios— que no se siente controlado del todo. Y ahí radica su fuerza.
Un debut que mira hacia adentro
Para su director, este cortometraje no es solo un primer paso en su trayectoria. Es un punto de partida emocional.
“Estrellas Fugaces” no busca imponerse como una obra ambiciosa en términos industriales. Su apuesta es otra: capturar un momento que todos reconocen, pero pocos logran nombrar con precisión.
Ese instante en el que la vida, sin hacer ruido, cambia de dirección.
La selección oficial en festival no aparece aquí como un cierre, sino como una apertura. La posibilidad de que una historia profundamente local —anclada en un paisaje específico, en una experiencia concreta— encuentre resonancia en otros.
Lo que queda cuando todo cambia
Después de la muestra, el cortometraje seguirá su recorrido. Festivales, nuevas audiencias, otras miradas.
Pero hay algo que ya logró.
Convertir un recuerdo personal en una experiencia compartida.
Porque, al final, “Estrellas Fugaces” no habla solo de Chihuahua, ni de dos amigos, ni de una despedida.
Habla de ese momento —inevitable— en el que entendemos que crecer también implica dejar atrás.
Y de cómo, a pesar de ello, hay cosas que siguen brillando.
Aunque sea por un segundo.