
Hay historias que no buscan resolverse. Se sostienen en la pregunta.
“Mi no-lugar” nace desde ahí: desde una inquietud persistente, casi silenciosa, que atraviesa el paso del tiempo. La necesidad de mirar hacia la infancia no como refugio, sino como punto de partida para entender una incomodidad que permanece.
No sentirse parte. No del todo.
Lejos de construir una narrativa convencional, el cortometraje se mueve como un pensamiento: fragmentado, íntimo, a ratos incierto. Su protagonista, Ela, transita por espacios cotidianos —una cafetería, un bar, una carretera— mientras su voz interior teje recuerdos, encuentros fallidos y momentos de vulnerabilidad.
No hay grandes giros. Lo que hay es una búsqueda.
El cuerpo como territorio inestable
En “Mi no-lugar”, la pregunta por la pertenencia no se limita a los espacios físicos. Se traslada al cuerpo.
Ela no solo se siente fuera de lugar en el mundo: también en sí misma.
Ahí radica la potencia del cortometraje. En esa capacidad de nombrar algo que suele permanecer difuso. Habitarse como un espacio transitorio, como una identidad en constante movimiento, sin certezas definitivas.
La voz que atraviesa la pieza no intenta explicar. Acompaña.
Y en ese acompañamiento se construye una forma de intimidad que rara vez se permite en pantalla.
Hacer cine sin permiso
El proceso de realización fue, en muchos sentidos, una extensión de la propia historia.
Sin presupuesto, sin estructuras formales, el proyecto se sostuvo desde lo esencial: la necesidad de hacerlo. La escritura tomó tiempo, cambió, se reconfiguró, pero nunca perdió su núcleo. Cuando finalmente estuvo lista, el rodaje ocurrió de manera casi espontánea.
Una cámara. Amigos. Espacios prestados.
Una red afectiva que, más que un equipo técnico, funcionó como sostén.
En ese gesto hay también una postura política, aunque no se enuncie de forma explícita: hacer cine fuera de las condiciones ideales, desde lo mínimo, pero con una claridad absoluta sobre lo que se quiere decir.
Una mirada que se construye a sí misma
“Mi no-lugar” es el sexto cortometraje de su directora. Y, como ella misma lo entiende, también es un reflejo.
No solo de su trabajo, sino de su momento vital.
Cada proyecto anterior ha sido un paso, una búsqueda, una forma de aproximarse a una voz propia. Este, en cambio, parece detenerse. Mirarse. Reconocerse en lo que es ahora, sin la urgencia de definirse por completo.
Su selección en muestra no funciona como validación externa, sino como apertura: la posibilidad de que otras miradas —particularmente de mujeres— encuentren en este tipo de narrativas un espacio posible.
El lugar que aún no existe
Después de la muestra, el cortometraje seguirá su camino. Pero su intención ya es clara: ser visto, compartido, provocar.
No desde el impacto inmediato, sino desde la identificación silenciosa.
Porque “Mi no-lugar” no ofrece respuestas. Ofrece algo más incómodo —y más honesto—: la posibilidad de reconocerse en la duda.
Y entender que, quizá, no tener un lugar fijo también es una forma de existir.