


La marihuana como derecho humano
I. El cuerpo como territorio de libertad
Durante décadas, el consumo de marihuana fue tratado como una amenaza moral antes que como una decisión personal.
La política prohibicionista no solo criminalizó una planta: convirtió al cuerpo en un espacio vigilado por el Estado.
En México, esa narrativa comenzó a resquebrajarse cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconoció algo radicalmente simple: la libertad también se ejerce en lo íntimo.
El 28 de junio, el Pleno de la SCJN invalidó la prohibición absoluta del consumo lúdico o recreativo de cannabis y THC establecida en la Ley General de Salud.

La decisión no fue un gesto indulgente ni una concesión cultural; fue una afirmación constitucional. El libre desarrollo de la personalidad —derecho anclado en la dignidad humana— no puede ser restringido de manera desproporcionada bajo el pretexto de proteger a las personas de sí mismas.


La Corte sostuvo que elegir qué consumir, cómo experimentar el propio cuerpo y qué prácticas recreativas adoptar forma parte del proyecto de vida de cada individuo adulto. Mientras no se afecte a terceros ni al orden público, el Estado no tiene legitimidad para imponer un modelo único de vida “correcta”. La criminalización del autoconsumo no protegía la salud: la instrumentalizaba como excusa para el control.
II. Dignidad, autonomía y el límite del castigo

El debate sobre la marihuana no es —ni ha sido nunca— exclusivamente sanitario. Es un debate sobre dignidad.
Así lo entendió la Primera Sala de la SCJN desde 2015, cuando reiteró en cinco ocasiones que la prohibición absoluta del consumo lúdico afectaba de forma intensa el derecho al libre desarrollo de la personalidad, sin generar beneficios reales al orden público o a la salud colectiva. Desde esta óptica, la dignidad humana no se reduce a la obediencia ni a la abstinencia. Implica reconocer a las personas como sujetos capaces de decidir, incluso cuando esas decisiones no coinciden con los estándares morales dominantes.


La Corte fue clara: fumar marihuana constituye una experiencia mental profundamente personal, situada en la esfera más íntima de la autonomía individual.
Este criterio se alinea con una tendencia global del constitucionalismo contemporáneo: el abandono del paternalismo penal. Castigar decisiones privadas que no dañan a terceros no fortalece al Estado; lo debilita. Lo vuelve invasivo, incoherente y selectivo. La regulación, en cambio, abre la puerta a la información, la prevención y la responsabilidad compartida.
No se trata de idealizar el consumo, sino de despenalizar la elección. El derecho no existe para imponer virtudes, sino para garantizar libertades.
III. Regular no es promover: el enfoque de derechos humanos
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha insistido en que la regulación de la marihuana debe analizarse desde una perspectiva integral de derechos humanos. Esto implica reconocer que en el fenómeno convergen múltiples dimensiones: el derecho a la salud, el derecho a la información, la protección de niñas, niños y adolescentes, y la no criminalización del consumidor.
Regular no significa incentivar. Significa sacar al consumo del terreno de la clandestinidad, donde prosperan la desinformación, el estigma y la violencia. Significa asumir que el Estado tiene la obligación de informar con base científica, prevenir riesgos reales y garantizar que el ejercicio de la libertad no derive en daños a terceros.

La SCJN fue explícita al establecer límites claros: las autorizaciones para autoconsumo solo aplican a personas adultas, no permiten la comercialización, no pueden ejercerse frente a menores ni en espacios donde se afecte a otras personas, y excluyen actividades de riesgo como conducir bajo los efectos de la sustancia. La libertad, en un Estado constitucional, nunca es absoluta, pero tampoco puede ser anulada por completo.
El reconocimiento del consumo lúdico de marihuana como una manifestación del libre desarrollo de la personalidad no abre una puerta al caos; abre un debate maduro sobre qué tipo de libertades estamos dispuestos a reconocer como sociedad.