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ANTES DEL CONGRESO HUBO JUZGADOS


Por: Lic. Hiram Gonzalez Cruz

Durante los últimos años hemos visto imágenes poderosas: marchas, consignas, protestas, posicionamientos públicos, sesiones legislativas tensas, pancartas frente al Congreso y colectivos exigiendo derechos para la población LGBT+ de Chihuahua.

Y todo eso forma parte de la historia.

Pero no es toda la historia.

Porque antes del Congreso hubo juzgados.

Antes de los micrófonos hubo ventanillas cerradas.

Antes de las iniciativas hubo negativas.

Antes de las sesiones legislativas hubo personas comunes pagando abogados, presentando amparos, enfrentando burlas, exclusión y el peso emocional de defender algo tan sencillo y tan profundo como el derecho a existir con dignidad.

Hubo años donde hablar de matrimonio igualitario en Chihuahua parecía absurdo. Años donde la respuesta institucional era “no”. Donde el Registro Civil cerraba puertas. Donde las parejas tenían que acudir a tribunales para que un juez reconociera derechos que ya les pertenecían por humanidad.

Y fue ahí donde comenzó otra historia.

No una historia de confrontación como la vemos ahora,

Una historia de derecho.

Una historia construida desde el litigio estratégico, desde expedientes, demandas, audiencias y sentencias. Desde organizaciones ciudadanas como CHEROS, la cual funde y dirigí por más de 10 años, y personas que decidieron caminar el camino largo como lo fue el abogado Alex Ali Méndez y Joel Galván, así como las 5 primeras parejas que no tuvieron miedo de enfrentar el escarnio y persecución por defender el derecho a casarse. Gracias a su esfuerzo se logró la jurisprudencia que hoy permite que las personas se puedan casar en el estado de Chihuahua. El matrimonio igualitario en Chihuahua es ya una realidad. Recorrimos juntos el camino de la institucionalidad, el diálogo, la defensa jurídica y la construcción social.

Durante esos años se impulsaron decenas de amparos. Se acompañaron parejas. Se construyeron precedentes. Se abrió una ruta jurídica cuando todavía no existía una ruta política.

Aquellas victorias no siempre aparecieron en titulares nacionales. Muchas veces ocurrieron en silencio, dentro de oficinas, juzgados y pasillos donde la historia no suele tomarse fotografías.

Pero ahí estaban.

Cada amparo ganado no era solamente una boda.

Era un precedente.

Era una grieta en la desigualdad.

Era decirle al Estado que los derechos no podían depender de orientación sexual, identidad o prejuicio.

Aquella lucha alcanzó visibilidad internacional. El caso de Chihuahua llegó a medios extranjeros y al New York Times. Lo que comenzó como una batalla local terminó mostrando al mundo que incluso en uno de los estados considerados más conservadores del país podían construirse avances desde el derecho y la dignidad.

Pero la historia no terminó ahí.

La misma ruta continuó hacia otros frentes.

Llegaron las primeras acciones para el reconocimiento de identidad de personas trans. Acompañamos amparos para rectificación de actas. Se impulsaron procesos de sensibilización con instituciones públicas, personal de salud, docentes y organismos gubernamentales.

Se trabajó en políticas inclusivas.

Se participó en mesas de planeación.

En espacios de salud.

En prevención del VIH.

En órganos ciudadanos.

Porque los derechos humanos no terminan cuando se gana un juicio. Empiezan ahí.

Y quizá hoy vale la pena recordar algo importante.

Los movimientos sociales cambian.

Las generaciones cambian.

Las formas de lucha cambian.

Habrá quienes crean en la protesta directa.

Habrá quienes crean en la presión política.

Habrá quienes encuentren en la movilización pública su herramienta principal.

Todas esas expresiones tienen un lugar.

Pero la memoria también merece un lugar.

Porque cuando olvidamos cómo se conquistaron los derechos, corremos el riesgo de creer que siempre estuvieron ahí.

No estuvieron.

Costaron.

Costaron años.

Costaron relaciones rotas.

Costaron recursos.

Costaron desgaste.

Costaron miedo y amenazas.

Costaron expedientes.

Costaron personas que sostuvieron causas cuando todavía no eran populares.

Esta narrativa no busca disputarle la historia a nadie.

No busca quitar méritos.

No busca señalar generaciones.

Busca algo más sencillo:

Completar la memoria.

Recordar que antes del Congreso hubo juzgados.

Que antes de las consignas hubo sentencias.

Que antes de la armonización legislativa hubo personas que tocaron puertas cuando nadie quería abrirlas.

Y quizá la pregunta que hoy deberíamos hacernos no es quién se queda con el crédito.

La pregunta es:

¿Qué tipo de movimiento queremos construir hacia adelante?

¿Uno basado en la confrontación permanente?

¿O uno capaz de defender derechos sin perder humanidad?

Porque los derechos humanos no nacieron para vencer personas.

Nacieron para dignificar vidas.

Todas las vidas al mismo tiempo.

Y esa, quizá, sigue siendo la tarea pendiente.

No solo para Chihuahua.

Para todos.

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