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El lujo de lo humano en una era automatizada

Vivimos en una era automatizada. Una época en la que, por comodidad y eficiencia, hemos permitido que las computadoras hagan cada vez más cosas por nosotros. Hoy, la tecnología se ha convertido en una aliada indispensable: desde resolver una simple suma hasta acompañarnos emocionalmente; desde organizar nuestras agendas hasta ejecutar miles de tareas que, la mayoría de las veces, ocurren sin que siquiera seamos conscientes de ello.

Sería injusto negar sus beneficios. La tecnología es práctica, poderosa y profundamente útil.


Nos ahorra tiempo, acorta distancias y amplía posibilidades. Sin embargo, no todo avance es gratuito. Toda transformación tiene un costo, y quizá uno de los mayores desafíos de esta era sea que aún no comprendemos del todo cuál será el precio a largo plazo de esta dependencia creciente.

Hace apenas algunos años, lo cotidiano estaba marcado por lo humano. Las transacciones de persona a persona, ir al mercado, acudir al banco, sentarse en un restaurante, reunirse cara a cara, viajar para poder ver a alguien. La vida sucedía en presencia. Con la llegada de los smartphones y los dispositivos digitales, entramos en un círculo acelerado de inmediatez: todo debe ser rápido, eficiente, instantáneo. Nos acostumbramos a ello sin cuestionarlo, hasta el punto de convertirnos en una nueva humanidad.


Y no, esto no es necesariamente algo negativo. La tecnología también puede ayudarnos a tomar mayor conciencia de nuestro potencial como especie. Pero existe un riesgo silencioso: el de volvernos altamente eficientes pero emocionalmente distraídos, avanzando sin darnos cuenta de que hemos ido dejando algo esencial en el camino.

Hoy, lo verdaderamente lujoso no es la tecnología, sino la experiencia humana de ser y existir.

La tecnología nos ha facilitado estar en comunicación sin necesidad de estar en contacto. Nos permite estar conectados sin tocarnos, mirarnos a través de una pantalla sin experimentar la fuerza y la honestidad de una mirada directa. Nos comunicamos, sí, pero solo hasta cierto punto. Una videollamada no sustituye una visita a mamá. Un mensaje no reemplaza un abrazo cuando alguien lo necesita.


A través de las redes sociales y los medios digitales podemos transmitir información, mensajes e incluso emociones. Lo que no podemos transmitir es la presencia. La humanidad no se descarga, no se automatiza, no se programa.

Si como sociedad priorizamos únicamente la eficiencia y dejamos de cuidar lo humano, corremos el riesgo de volvernos funcionales pero desconectados, donde la espontaneidad se diluye, el arte pasa desapercibido y la experiencia humana se vuelve cada vez más frágil.

Más que una confrontación entre tecnología y humanidad, necesitamos reconciliación y responsabilidad. Cada persona es responsable de preservar su propia esencia, pero también los gobiernos, las empresas y las familias deben colocar a la persona —no solo a la eficiencia— en el centro.


Hoy más que nunca, sentir, oler y respirar es un lujo al que todos podemos acceder. Permitámonos hacerlo, antes de que lo humano se vuelva tan costoso que termine convirtiéndose en un privilegio reservado para unos cuantos.


Mtro. Alberto Juárez
Gerente 
Los Ángeles de Jorge Magno


⚠️ Las opiniones emitidas en este espacio son responsabilidad de quien las emite y no representa necesariamente el pensamiento editorial de Difusión Chihuahua

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